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CAPITULO TRES

LA MISIÓN DEL MESÍAS



 I. El OBJETIVO DE DIOS EN LA PROVIDENCIA DE LA SALVACIÓN

Como seres humanos, fuimos creados como hijos de Dios. Cuando nos perfeccionamos y nos hacemos la encarnación de la bondad, vivimos en el reino de Dios en la tierra y en el mundo espiritual. Dios creó al mundo para sentir alegría, y para vivir con Sus hijos en el reino de los cielos, el cual es el mundo del amor de Dios y de Su corazón. Este mundo es establecido por medio del cumplimiento de las tres bendiciones, y está basado en ello. Pero debido a la caída de los primeros antepasados, la humanidad llegó a ser la encarnación del pecado y del mal, y desde entonces hemos vivido en sufrimiento tanto en la tierra como en el mundo espiritual, y la meta de la creación no ha sido realizada. ¿Abandonaría Dios Su ideal original para la creación, y lo dejaría sin realizar? No, no lo haría.

Como dice Dios en Isaías 46:11: "Tal como lo he dicho, así se cumplirá; como planeado, así lo haré".

Dios, sin duda alguna, llevará a cabo su intención original. El Dios del amor no puede dejar a la humanidad caída en su estado de sufrimiento y de pecado, porque fuimos creados como Sus hijos, y por eso El ha estado trabajando para nuestra salvación. Pero, ¿qué es la salvación? El salvar a una persona que se está ahogando, es rescatarla y restaurarla al estado en que estaba antes de comenzar a ahogarse; el salvar a una persona moribunda es restaurarla a su estado normal y sano. Así, se puede decir que la salvación es la restauración.

La salvación de la humanidad por Dios significa la restauración de ella de su estado caído y pecaminoso, a su estado original de bondad, y a la posición en que podemos realizar la meta de la creación.

Los objetivos de Dios en Su providencia de la salvación son: la restauración del individuo a aquel estado sin pecado que Dios creó originalmente y su elevación a ser un individuo ideal, el establecimiento de una familia ideal centrada en aquel individuo, y luego, el establecimiento de una sociedad, una nación y un mundo ideales, basados en aquella familia ideal.

 II. LA REALIZACIÓN DE LA PROVIDENCIA DE LA SALVACIÓN ES LA REALIZACIÓN DE LA META DE LA CREACIÓN

¿Cómo sería una persona quien llegara a ser un individuó ideal, es decir, una persona restaurada quien ha realizado la primera bendición? Este individuo perfeccionado tendría la misma relación con Dios como la relación del cuerpo del individuo con su mente. La mente vive en el cuerpo, y el cuerpo actúa según la dirección de la mente. Del mismo modo, una persona perfeccionada sería un templo de Dios, y Dios viviría en su mente. Dios se haría el centro de sus pensamientos y acciones--el centro de su vida. Así como el cuerpo de tal persona perfeccionada alcanzaría la armonía con su mente, su carácter perfeccionado lograría la armonía y la unión con Dios. Esto está expresado en I Corintios 3:16, que dice.

¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? y en Juan 14:20, el cual nos cuenta las palabras de Jesús:

"Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mi y yo en vosotros."

Si Adán y Eva hubieran llegado a ser individuos perfeccionados, entonces en su vida en el jardín del Edén, no habrían necesitado la oración, la vida religiosa, ni un salvador. ¿Por qué habría sido necesaria la oración si hubieran estado viviendo continuamente con Dios y comunicándose directamente con El? Si la vida religiosa es una vida de fe, en que un individuo caído, viviendo en la oscuridad del pecado desesperadamente busca a tientas al Dios que ha perdido, entonces, ¿ por qué debería una persona perfeccionada, quien vive todos los días como el templo de Dios, tener la necesidad de alguna forma de culto? Si los primeros antepasados humanos no hubiesen caído en el jardín del Edén, no habría iglesias, ni Biblias, ni sermones, ni vigilias nocturnas de oración, ni reuniones de evangelización. Cada persona viviría como la encarnación de la bondad, sirviendo a Dios en su vida diaria. Así como aquéllos que no están ahogándose no tienen necesidad de alguien que los rescate, la gente que está sin pecado no tiene necesidad de un salvador.

Si los primeros antepasados humanos hubieran establecido la familia ideal, realizando la segunda bendición de Dios, ¿cómo sería tal familia? Si Adán y Eva se hubieran hecho esposo y esposa encarnando la bondad, dando a luz hijos que encarnaran la bondad, esta familia habría llegado a ser el origen de una tribu, de una sociedad, de una nación y de un mundo sin pecado. Con esta familia se habría establecido una sociedad ideal y el reino de los cielos en la tierra. Esta sola familia mundial, con una pareja de padres verdaderos (el primer hombre y la primera mujer), habría dado origen a incontables generaciones de descendientes sin pecado, creciendo en prosperidad. La providencia de Dios de la salvación existe para desarrollar tales individuos celestiales quienes, realizando las tres bendiciones de Dios, establecerían el reino de los cielos.

Para cumplir esta misión, Dios envió a Su Hijo, Jesús, como salvador de este mundo. El Mesías, el Hijo de Dios, debe servir como el origen de todos los individuos ideales, y debe establecer la familia ideal, que es la realización de la meta de la creación y el sitio donde el amor de Dios puede vivir. Luego, debe establecer la nación y el mundo ideales, creando así el reino de los cielos sobre la tierra, lo que Dios había propuesto desde el principio del mundo como la meta de Su creación. Esta es la misión del Mesías.

 III. LA PROVIDENCIA DE LA SALVACIÓN A TRAVES DE LA CRUZ

A. La crucifixión de Jesús

Dios verdaderamente amaba a Su pueblo elegido, los israelitas, quienes deberían preparar el fundamento para el Mesías. Con mucha frecuencia, Dios había profetizado acerca de la venida del Mesías, advirtiendo a Su gente que permaneciera alerta a las señales que anunciarían su llegada. Dios aún preparó un gran testigo, Juan el Bautista, para dar testimonio acerca del Mesías. De hecho, la nación de Israel estaba anhelando apasionadamente la venida del Mesías.

Pero desafortunadamente, la gente elegida y preparada falló en reconocer al Mesías cuando vino. El Hijo de Dios declaró con abundante claridad su identidad y su misión, pero sus palabras cayeron en oídos sordos. El nunca fue entendido por su gente, sino que fue señalado como un blasfemo y finalmente fue crucificado. Irónicamente, los gobernadores paganos de aquella época reconocieron la inocencia de Jesús (Lucas 23:14-16; Juan 18:38; Mateo 27:19-23; Marcos 15:10-14), mientras que aquéllos que le juzgaron como culpable eran su propia gente y los líderes del judaísmo, a quienes Dios mismo había nutrido y preparado por tanto tiempo. Ellos estaban ansiosos de mandar a Jesús a la cruz. ¿Por qué?

Los cristianos tradicionalmente han creído que la muerte de Jesús en la cruz fue predestinada según el plan original de Dios. Pero, no fue así. La crucifixión de Jesús fue un grave error, y resultó de la gran ignorancia del pueblo de Israel acerca de la providencia de Dios. Muy claramente, la voluntad de Dios era que la gente elegida aceptase y creyese en Jesús (Juan 6:29,10:37-38) y que recibiese la salvación. Pero el pueblo de Israel, no queriendo recibir a Jesús de Nazaret ni el mensaje de la salvación que trajo, se burlaba de él mientras estaba muriendo en la cruz, gritando:

"¡Sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!" (Mateo 27:40)

La Biblia, describiendo esta situación, señaló que la Palabra y la a luz verdadera" (Jesús)

Vino a su casa, y los suyos no (lo) recibieron (Juan 1:1 1).

El Apóstol Pablo, haciendo resaltar la tragedia de la crucifixión, testificó que la sabiduría de Dios fue

desconocida de todos los príncipes de este mundo-- pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria. (I Corintios 2:8)

Los cristianos de hoy no tienen un claro entendimiento de la verdad detrás de los acontecimientos históricos que ocurrieron en tiempos de Jesús. Si la voluntad de Dios para la salvación hubiera podido realizarse solamente a través de la crucifixión, entonces, ¿por qué invirtió El tanto tiempo preparando un pueblo elegido? ¿No fue acaso que quería entregar a Su Hijo a una gente con fe?

En el Jardín de Getsemaní, Jesús les dijo a sus discípulos:

"Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo." Y adelantándose un poco, oró, "Padre mío, si es posible, que pase de mi esta copa...." (Mateo 26:38-39)

Jesús pronunció esta oración no una, sino tres veces. Muchos cristianos, creyendo que Jesús vino con la misión de traer la salvación a través de la cruz, explican que Jesús pronunció esta oración por debilidad o fragilidad humana. Pero, ¿podría Jesucristo, el salvador de la humanidad, pronunciar una oración por debilidad? El primer mártir cristiano, Esteban, y muchos de los mártires que lo siguieron, nunca rezaron de una manera tan aparentemente débil, ni pidieron ninguna vez, en el momento de su muerte, "que pase de mi esta copa" ¿Cómo podemos decir que Jesús era más débil que estos mártires? Especialmente si la finalidad de su venida fuera su muerte en la cruz, ¿por qué rezaría para escaparse de la muerte? Esta oración de Jesús no fue egoísta, ni tímida, pronunciada por el temor de morir. Si la crucifixión hubiera sido el modo mismo en que Jesús salvaría a la humanidad, él habría muerto con alegría en la cruz no una sino mil veces.

Jesús sintió angustia cuando pensó que su misión como el Mesías, la cual era la realización de la meta de Dios para la creación en la tierra, no podría cumplirse si muriera de esta manera. Su corazón estaba muy afligido cuando pensó cuán triste se sentiría Dios si el cumplimiento de la providencia de la salvación fuera prolongado. Jesús previó el sufrimiento y el derramamiento de sangre de sus discípulos y seguidores, los cristianos, quienes tendrían que seguir su camino de sufrimiento y de la cruz. También previó la tribulación que vendría a la gente de Israel si lo rechazara a él. Teniendo todo esto en su mente, Jesús pronunció una última desesperada oración a Dios en el Jardín de Getsemaní, rogando que Dios le permitiese permanecer en la tierra, aun en aquellas circunstancias desesperadas, para que él pudiese continuar su misión, cambiando los corazones de la gente al punto en que podrían aceptarlo.

Si la muerte de Jesús en la cruz fuera predestinada por Dios, entonces, ¿por qué diría Jesús a Judas Iscariote, su traidor:

"¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!" (Mateo 26:24)

Y ¿cómo podríamos explicar el hecho de que Jesús exclamó en la cruz:

"¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mateo 27:46)

Si la crucifixión hubiera sido verdaderamente la voluntad original de Dios para Jesús, entonces Jesús debería haber sentido una alegría desbordante en la cruz, habiendo cumplido victoriosamente su misión.

B. El grado de salvación que se puede lograr a través de la cruz y el propósito de la Segunda Venida de Cristo.

La muerte en la cruz no fue la misión que Dios propuso originalmente para Jesús, Su Hijo, sino que más bien, se hizo la dolorosa providencia secundaria de Dios, necesaria por causa de la falta de fe, o la incredulidad, de la gente de Israel. ¿Qué habría ocurrido si toda la gente de Israel hubiera creído en Jesús, le hubiera recibido, le hubiera amado, y se hubiera unido con él? Entonces, la salvación completa se habría realizado. En otras palabras, Jesús habría establecido completamente el reino de los cielos en la tierra, la cual es el lugar donde la meta de la creación debería realizarse. Habría establecido el mundo de Dios--un mundo en que toda la gente creería en el Hijo de Dios y lo seguiría. El pueblo de Israel se habría hecho el centro glorioso de los cielos. Los mundos judío y cristiano nunca habrían sido divididos, y los primeros cristianos no habrían tenido que soportar ninguno de sus graves sufrimientos. Además, debido a que la misión del Mesías ya se habría cumplido, no habría necesidad para una Segunda Venida.

A la luz de este entendimiento de la salvación, podemos ver que la crucifixión de Jesús fue un curso secundario de la salvación, y proveyó solamente la salvación espiritual. La gente de Israel había llegado al punto de no creer en absoluto en Jesús y de abandonarlo. Así, Dios tuvo que pagar el precio por la incredulidad pecaminosa de ellos y de toda la humanidad, dando la vida de Su Hijo único como rescate a Satanás. El resultado fue que Satanás destruyó el cuerpo físico de Jesús al clavarlo en la cruz, y que la sangre de Jesús en la cruz se hizo el precio por la redención de la humanidad.

La victoria de Dios no fue en la crucifixión, sino en la resurrección de Jesús. Resucitando a Jesús después de su crucifixión, Dios abrió un camino de salvación espiritual, un camino hacia una dimensión libre de invasión satánica. Pero otro resultado de la crucifixión fue que nuestros cuerpos físicos todavía son vulnerables a la invasión satánica, aunque originalmente íbamos a lograr la salvación física, tanto como espiritual, a través de nuestra fe en Jesús, siendo injertados en él (Romanos 11:17). Ahora, solamente logramos la salvación espiritual, a través de la condición de nuestra fe en Jesús , participando de esta manera en la resurrección del Cristo victorioso. Nuestro cuerpo todavía espera la redención (Romanos 8:23).

La realidad es que aún después de la aparición de Jesús en la tierra, el mundo continúa sufriendo bajo el poder de Satanás, y el pecado persiste sin piedad en los cuerpos de la gente en todas partes. El Apóstol Pablo lamentó:

¡Pobre de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?... Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirve a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley del pecado. (Romanos 7:24-25)

Como un santo, Pablo fue devoto y estaba en la plena gracia del Señor, pero su carne seguía oprimida por el pecado. Esta situación no está limitada sólo a Pablo, sino que puede aplicarse a toda persona viva. Por esta razón, la Biblia nos enseña a orar "constantemente" (I Tesalonicenses 5:17), para protegernos de la invasión satánica. También, I Juan 1:10 dice: "Si decimos: "No hemos pecado: le hacemos mentiroso.... ": haciéndonos recordar que la humanidad está todavía bajo la esclavitud del pecado original. No hay nadie que haya sido purificado de este pecado original. Así, el Mesías tiene que aparecer otra vez en la tierra para liquidar nuestros pecados completamente, luego estableciendo el reino de los cielos en la tierra y realizando la meta de Dios para la creación.

C. Dos clases de profecía acerca del Mesías

Si la muerte de Jesús en la cruz no era esencial para el cumplimiento de su misión mesiánica, entonces, ¿por qué predijo Isaías 53 el sufrimiento y la muerte del Mesías? Pero hay otras profecías en la Biblia sobre la venida del Mesías, las cuales profetizan que él vendrá como el Hijo de Dios y el rey de reyes, y que realizará el reino de los cielos en la tierra. Estas profecías aparecen en Isaías 9, 11 y 60, en otros versículos del Antiguo Testamento, y en Lucas 1:31-33.

Dios creó a los primeros antepasados humanos para crecer hacia la perfección cumpliendo con su porción de responsabilidad. Dios sabe que la humanidad puede cumplir su responsabilidad, como El quiere, o por el contrario, puede dejar de cumplirla. Respecto a la venida del Mesías, entonces, fue necesario que Dios diera dos clases de profecía acerca de la realización de Su voluntad.

Es la responsabilidad de Dios enviar al Mesías, pero es nuestra responsabilidad creer en él. Los israelitas, desgraciadamente, porque no aceptaron a Jesús, no cumplieron su responsabilidad. Ellos no realizaron las profecías principales de Dios para la venida del Mesías, las que están en Isaías 9, 11 y 60, y en Lucas 1:31-33, sino que al contrario, llevaron a cabo las profecías alternativas, o secundarias, en Isaías 53, del Mesías sufriente.

 IV. JUAN EL BAUTISTA Y EL RETORNO DE ELIAS

A. El Mesías y Elías

Hay que considerar cierto tema de importancia en la providencia de Dios referente a la razón por la cual Jesús fue crucificado. Dios repetidamente había profetizado a la gente elegida acerca de la venida del Mesías, y la gente elegida lo anhelaba y deseaba la realización de la promesa de su venida. ¿Por qué enviaría Dios al Mesías de tal manera que la gente elegida no pudiera reconocerlo? ¿Fue la voluntad de Dios que no reconocieran ni recibieran al Mesías? O, ¿es que la gente falló en reconocerlo a pesar de la clara indicación que Dios les había dado de cómo iba a venir?

Para encontrar las respuestas a estas preguntas, primero examinemos la segunda venida de Elías. En Malaquías, el último libro de profecías del Antiguo Testamento, dice:

He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible. (Malaquías 3:23)

El día "grande y terrible" a que se refiere Malaquías es el tiempo de la venida del Mesías, de donde se deduce que antes de que el Mesías venga, Elías tiene que retornar.

Elías fue un gran profeta de Israel que vivió novecientos años antes de Jesús. Está escrito que él ascendió al cielo en un carro de fuego (II Reyes 2:11). El anhelo de los israelitas por el Mesías estaba intensamente enfocado, en realidad, en la venida del profeta Elías. Aunque el Antiguo Testamento no predijo claramente cuándo vendría el Mesías, indicó claramente que Elías le precedería.

Bajo estas circunstancias apareció Jesús, proclamándose el Mesías. La gente judía lo vio, simplemente, como un hombre joven de Nazaret, pero Jesús les sorprendió, diciéndoles que él era el Hijo de Dios. Ellos, todavía sin haber oído ninguna noticia de la llegada de Elías, se preguntaban: "¿cómo podría ser Jesús de Nazaret el Hijo de Dios?"

Cuando los discípulos de Jesús salían a hablar a la gente de Israel para dar testimonio de Jesús, la gente desafiaba a ellos. Les preguntaba a los discípulos dónde estaba Elías, y les hacía recordar que, según la sagrada escritura, Elías debería preceder al Mesías. Entonces los discípulos, volviendo a Jesús, le preguntaron a él:

"¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?" (Mateo 17:10)

Jesús replicó:

"Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron." .... Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista (Mateo 17:11-13).

Jesús, entendiendo el significado de la importante pregunta de los escribas, indicó que Juan el Bautista era la segunda venida de Elías, aunque bien sabía que la gente no podría aceptar esto fácilmente. Por eso, añadió:

"Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir" (Mateo 11:14)

Los discípulos de Jesús podían creer sus palabras, pero ¿podrían llegar a creerlas los israelitas? Juan el Bautista no solamente no vino directamente del cielo, como los israelitas creían que Elías vendría, sino que también él mismo negó su misíon como el Elías (Juan 1:21).

La situación había llegado a tal punto que era difícil saber a quién se debería creer. Jesús dijo que Juan el Bautista era el Elías a quien la gente había estado esperando tanto tiempo, mientras que Juan mismo lo negó. ¿A quién creería la gente de Israel? Naturalmente, dependería de cómo veía a estos dos hombres.

¿Cómo les parecía Jesús a los israelitas de su tiempo? Jesús era un joven desconocido, criado en la casa de un humilde carpintero. A los ojos de ellos, Jesús tenía una falta de experiencia en asuntos espirituales, y fue conocido como alguien que estaba aboliendo la ley (Mateo 5:17), como un comilón y un borracho (Mateo 11:19), y como un amigo de publicanos y pecadores. No obstante, Jesús se proclamaba el señor del sábado" (Mateo 12:8), poniéndose a la altura de Dios (Juan 14:9-11) y diciendo a la gente que tenían que amarlo a él más que a cualquier otro (Mateo 10:37). Por eso, los líderes de los judíos llegaron a la opinión de que Jesús estaba obrando por el poder de Beelzebul, el Príncipe de los demonios (Mateo 12:24).

En cambio, ¿cómo veían los israelitas de aquel tiempo a Juan el Bautista? Juan era el hijo de una familia principal, y los milagros que rodearon su concepción y nacimiento fueron conocidos por todo el país (Lucas 1:5-66). Cuando fue mayor, él vivía de langostas y miel en el desierto, y así, a los ojos de ellos, llevaba una vida ejemplar como un hombre de fe. En realidad, Juan era tan altamente estimado que aun los sumos sacerdotes, así como la gente común, preguntaban si él era el Mesías (Lucas 3:15, Juan 1:20). Bajo estas circunstancias, la gente de Israel estaba dispuesta a creer más en Juan el Bautista que en Jesús.

Ya sabemos que Jesús decía que Juan era Elías, mientras que Juan lo negaba. La gente decidió que las palabras de Jesús no eran dignas de confianza. Pensaron que Jesús decía que Juan era el Elías solamente para hacer creíbles sus declaraciones acerca de sí mismo.

B. La misión de Juan el Bautista

¿ Por qué dijo Jesús que Juan el Bautista era Elías? Como indica Lucas 1:17, Juan el Bautista vino con la misión de Elías. La gente de Israel, que creyó en el sentido literal de las palabras del Antiguo Testamento, supuso que el Elías original realmente iba a bajar de los cielos. Pero Dios eligió a Juan y le envió con la misión de Elías.

Juan el Bautista mismo declaró que él había sido "enviado delante" del Mesías (Juan 3:28), para rectificar el camino del Señor (Juan 1:23). Siendo un hombre con una misión tan única e importante, Juan, por medio de su propia sabiduría, debería haber sabido que él mismo era el Elías.

Muchos de los sumos sacerdotes y la gente de Israel, quienes respetaban a Juan el Bautista, aun pensaban que él podría ser el Mesías. Por lo tanto, si Juan se hubiera proclamado el Elías y hubiera testificado que Jesús era el Mesías, la gente judía de aquel tiempo habría podido reconocer y recibir a Jesús, ganando así la salvación. Entonces, los antecedentes de la familia de Jesús, y su aparente falta de experiencia en asuntos espirituales, no habrían tenido importancia. Pero Juan, por causa de su ignorancia de la providencia de Dios, insistió en que él no era el Elías. A consecuencia de esto, la gente de Israel no aceptó a Jesús.

Leamos las palabras de Juan el Bautista en Mateo 3:11:

"Yo os bautizo en agua para la conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego"

y en Juan 1:33:

"Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua [Dios], me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él; ése es el que bautiza con Espíritu Santo [Cristo]". Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios."

Vemos que Dios le dio a Juan el Bautista una revelación directa de que Jesús era Su Elegido. También vemos que Juan había comenzado a realzar su misión de dar testimonio de Jesús. Desafortunadamente, sin embargo, no lo llevó a cabo durante el resto de su vida.

El padre de Juan, quien fue informado acerca de la misión de su hijo cuando éste nació, profetizó:

"Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados.... " (Lucas 1:76-77)

Después de encontrarse con el Mesías, uno debe creer en él y servirlo durante toda la vida. Esta verdad especialmente puede aplicarse a Juan el Bautista, quien vino con la misión de Elías--la de preparar los caminos para el Mesías (Lucas 1:76). Juan debería de haber servido a Jesús como uno de sus discípulos. Sin embargo, no podemos encontrar ninguna instancia en la Biblia en que Juan el Bautista, en realidad sirviera a Jesús.

Poco antes de morir en la cárcel, Juan el Bautista, sin haber cumplido su misión de servir a Jesús, comenzó a tener dudas acerca de su vida y acerca de Jesús. Envió a sus discípulos para preguntarle a Jesús:

"¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?" (Mateo 11:3)

Este versículo demuestra, sin la menor duda, que Juan no creyó en Jesús, y que faltó a su deber de servirlo. Indignándose con tal pregunta, Jesús contestó muy a manera de juicio:

"¡ ...dichoso aquél que no halle escándalo en mí!" (Mateo 11:6)

Se ve claramente que a pesar del gran respeto de Israel por Juan, éste ya había fracasado en su misión. Siguiendo su discurso sobre Juan, Jesús dijo:

"...no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. (Mateo 11:11)

Si alguien es el mayor entre los nacidos de mujer, seguramente debería ser igualmente grande en el reino de los cielos. ¿Cómo podría Juan el Bautista, quien nació como el más grande en la historia, ser menos que el más pequeño en el cielo?

Dios envió a Juan el Bautista como el más grande de los profetas, porque iba a servir al Mesías y dar testimonio de él ante toda la gente. Pero Juan fue un lamentable fracaso en la realización de su responsabilidad. Mateo 11:12 explica esto así:

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.

Si Juan el Bautista hubiera servido bien a Jesús, cumpliendo su responsabilidad, se habría hecho el discípulo principal de Jesús; pero debido a que él fracasó, Pedro, quien hizo el esfuerzo más grande entre los discípulos de Jesús, llegó a ser el líder de los doce.

Para preparar al pueblo de Israel para que tuviera fe en Jesús, Dios dio muchos testimonios a Zacarías e Isabel, los padres de Juan, quienes representaron al judaísmo de aquel tiempo. Dios continuamente obraba milagros para que la gente aceptara el hecho de su intervención directa en la concepción y el nacimiento de Juan el Bautista. Juan, sin duda, debió de haber aprendido de sus padres acerca de su parentesco con Jesús, y ya sabemos que recibió revelaciones de Dios acerca de la identidad de Jesús, también como acerca de su propia misión.

Pero a pesar de toda esta preparación, Juan el Bautista fracasó en su misión. Su ignorancia personal y su falta de fe no sólo lo afectaron a él de una manera adversa, sino que también causaron la incredulidad en la mayoría de la gente y, finalmente, la crucifixión de Jesús.

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