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La Fórmula para la Providencia de Dios

Reverendo Sun Myung Moon





Esta tarde voy a hablar acerca de la Providencia de Dios hacia la humanidad, cómo Dios empezó esta Providencia y cómo la ha estado guiando.

Debe haber una meta perfecta hacia la cual se dirigen todos los hombres. Debe haber una meta, una meta final, que Dios quiere alcanzar. Si el deseo de Dios y el deseo del hombre difieren, nunca se podrá cumplir la voluntad de Dios. La cuestión, entonces, es cómo hacer uno de esos dos deseos, el deseo de Dios y el deseo del hombre. Todas las personas anhelan un ideal que es único, incambiable y eterno. Dios, siendo la Existencia absoluta y eterna, quiere lo mismo. El Cruce entre los dos, la voluntad de Dios y el deseo del hombre, será en punto.

¿Pero cuál debe ser? Ese es el problema. Ni el deseo del hombre, ni la voluntad de Dios son el honor humano, el conocimiento humano, las riquezas materiales o los seres humanos mismos. Debe haber una meta más alta hacia la cual marchamos. Esa meta es el amor, en cual Dios y el hombre pueden unirse completamente y vivir juntos eternamente. El amor es eterno. Aquellos que se aman quieren permanecer eternamente en ese amor. El amor es único. El amor mismo es la esencia del deseo humano. Debe ser incambiable.

¿Dónde querría el hombre encontrarse con Dios? ¿Cuál sería la primera situación en la cual el hombre querría encontrarse con Dios? Queremos encontrarnos con Dios como nuestro Padre, y que El se reúna con nosotros como sus hijos. Cuando los hijos crecen, se casan. Si un hombre y su esposa están unidos, construyen la tradición del amor en su familia sobre la base de sus propias experiencias, recibiendo el amor de Dios. Como esposo y esposa, ellos van a seguir la tradición de amor que han experimentado respectivamente.

El individuo recibe amor como hijo, verticalmente, de Dios. Esposo y esposa tienen un dar y recibir horizontalmente. Cuando dan a luz hijos, su amor vertical se dirige a ellos. Amando a sus hijos una pareja experimenta el amor de Dios por sus hijos. Con nosotros mismos como centro, nosotros recibimos el amor de Dios, verticalmente. El hombre y la mujer se aman mutuamente, y cumplen el rol de padre y madre dando amor a sus hijos. Si ese lazo es inmutable y fuerte, Dios está ahí mismo, en la familia, y siempre estará ahí. Morará con esa familia para siempre. Si este tipo de vida se hubiera realizado al comienzo de la historia, no habría habido necesidad de fe o de oración para creer en cosas que no se pueden ver, sentir o tocar. Nuestros antepasados humanos perdieron el modelo de cómo debería haber sentido su familia.

Sé que ustedes han aprendido acerca de la caída del hombre. Ahora no tenemos tiempo de dar una conferencia sobre la caída. Sin embargo, debido a la caída, fuimos privados de esas familias ideales. El hombre se degradó de su condición original, que era el deseo de Dios. Nosotros no somos como Dios quería que fuéramos.

Nosotros podemos vivir sin cosas materiales. Aunque perdiéramos todo lo que tenemos podríamos continuar sin ello. Podemos ser despojados de riquezas materiales, familia, amigos, todas estas cosas, y seguir aún. Pero cuando se nos quita el amor, no podemos vivir. En el Jardín del Edén, cuando nuestros antepasados cayeron, lo más importante se perdió: el amor. Se perdió el amor entre Dios y el hombre. Debido a la caída, el hombre perdió las tres clases de amor: amor paternal verdadero, amor conyugal verdadero y amor filial verdadero.

Nosotros no hemos podido recibir el amor verdadero de Dios como amor de Padre. No hemos experimentado amor verdadero entre esposos en el sentido completo. No hemos experimentado el amor verdadero con nuestros hijos centrados en Dios. Si así fuera, nuestros hijos estarían en la posición de nietos de Dios. No hay gente que haya experimentado esas tres clases de amor en el verdadero sentido.

El hombre caído nunca ha sabido la clase de amor que perdió, o el valor que realmente tenía ese amor. Dios, sin embargo, conocía el valor de esas tres clases de amor, y estaba infinitamente apenado por el vacío de amor entre El y el hombre.

Imaginemos la primera pareja humana, Adán y Eva. Ellos fueron creados como hijos verdaderos de Dios; Dios era su Padre. Pero, debido a la caída el amor entre ellos se cortó. Adán y Eva habrían derramado lágrimas de alegría si hubieran cumplido la voluntad de Dios; pero en lugar de eso derramaron lágrimas de dolor por apartarse de Dios. Fue una situación completamente miserable. Adán y Eva abandonaron a Dios sin esperanza de volver. Sin esta esperanza, cuánto más grande fue su pena. Imagínense cuánto miedo deben haber sentido.

Dios podía prever su vida de gran precariedad. El sintió que casi no había esperanza de restaurarlos. ¡Qué inmenso era su dolor! Por Dios, Adán y Eva iban a ser su gran hijo e hija, pero ahora habían sido arrojados fuera de eso por el enemigo Satán, Dios no podía salvarlos. Dios es el centro del amor, la vida y la felicidad del hombre, y el hombre es el ser sin el cual el propósito de Dios no se puede lograr.

Dios perdió todo. Todo se hizo pedazos. También para los hombres se perdió toda esperanza y felicidad. Fue una tragedia muy grande; fue la cosa más triste.

Dios era el Padre. ¿Es que no tenía el amor como para no permitir que sus hijos se fueran? El quería perdonarlos, pero no podía hacerlo. Por lo tanto su pena era aún mayor. Si hubiera habido otro hijo o hija que no hubiera caído, y si este hijo le hubiera pedido a Dios que salvara a sus hermanos y lo castigara a él en lugar de a ellos, ¿cómo se habría sentido Dios hacia ese tercer hijo? Si hubiera habido un hermano así que pidiera a Dios que perdonara a Adán y Eva, Dios podría haberlos perdonado. Este corazón del Padre Celestial se convirtió en la base de la Providencia de salvación de Dios.

Supónganse que este tercer hijo de Dios hubiera ido a Satán y hubiera rescatado s sus hermanos para conducirlos de vuelta al seno de Dios. ¿Cómo se habría sentido Dios? ¿Los habría castigado, los habría echado de nuevo, o los habría recibido otra vez? ¿Habría castigado al hermano que los trajo vuelta a casa?¿Lo habría echado a él también? ¿O lo habría alabado?

Si Dios lo hubiera alabado no podemos creer en las palabras de Jesús cuando dijo: "Aquellos que quieran guardar su vida la perderán y aquellos que estén dispuestos a perder su vida, la ganarán" (Mt 10:39). El no podría haber prometido esto. ¿Por qué? Hay principios comprometidos en el acto de recuperar algo perdido. No podemos simplemente rescatar lo que se perdió. Dios no puede perdonar al hombre que se rebeló contra El, a menos que el hombre mismo establezca las condiciones para volver a Dios negando a Satán. Originalmente, el hombre caído rechazó a Dios y fue al seno de Satán. Por lo tanto, ahora debemos negar y rechazar a Satán y volver al seno de Dios por nuestros propios medios. Esa es la condición.

Si el hermano sin pecado u otra persona hubiera ido a Satán y tratado de tomar a Adán y Eva, Satán no lo habría dejado ir sin una condición. Para dar al hermano caído, Satán tiene que recibir algo que él sienta es más valioso que lo que va a perder. En otras palabras, tiene que existir un hombre que esté dispuesto a sacrificarse en lugar de su hermano caído. Este hermano sacrificado se convertirá en el segundo Adán, o Cristo. El hermano caído sólo puede ser liberado con esa condición.

Si hubiera habido alguien que hubiera tenido esa piedad filial hacia Dios su Padre, que hubiera podido sentir el corazón de su Padre cuando perdió a Adán y Eva, él habría sentido que podía hacer absolutamente cualquier cosa para liberar el dolor del Padre y recuperar a su hermano. Cuando el hombre cayó, Dios lloró mucho. Tanto Dios como el hombre derramaron lágrimas cuando se separaron. Debe venir alguien que experimente el dolor de Dios y de su hermano caído, pero esas lágrimas fueron por ellos mismos. Otro hombre debe venir a derramar lágrimas no por él mismo, sino por Dios y por su hermano perdido; esas serán lágrimas de esperanza. Con la llegada de ese hombre a la humanidad podrá existir la esperanza de salvación. La puerta de salvación se abrirá con lágrimas que alivien el dolor de Dios y el dolor del hombre.

Cuando lloran por ustedes mismos, sus lágrimas pertenecen a Satán. Mientras el hombre siga derramando lágrimas por sí mismo, no podrá haber salvación. Ese es el problema.

En el Principio Divino se nos enseña sobre el problema Caín-Abel. Para salvar a Caín, tiene que existir Abel. Abel estaba en la posición del hermano sin pecado que pide a Dios que perdone a Adán y Eva caídos. Para ganar esa posición Abel tuvo, primero, que recibir el amor de Dios. Eso significa que tuvo que salir de la esfera dominada por Satán. Una vez que ganó esa separación de Satán, Dios pudo amarlo. Después de ganar esa posición, en vez de ser arrogante Abel debería haber estado dispuesto a morir por Caín. Estas tres etapas son la fórmula importante: primero, el hombre que quiere salvar al mundo debe ser capaz de vencer a Satán; luego, debe recibir el amor de Dios, y finalmente, sintiendo el corazón de Dios y el de su hermano caído, debe estar dispuesto a sacrificarse en lugar de su hermano caído, debe estar dispuesto a sacrificarse en lugar de su hermano para aliviar el dolor de Dios y el de su hermano caído. Sólo bajo esa condición los dos pueden volver a Dios. Nosotros sabemos, por estudiar la historia de la Providencia de Dios, que Caín mató a Abel mientras estaba en el proceso de seguir esa fórmula.

Vemos otro ejemplo en el acto de Noé de construir el arca en la montaña durante 120 años, un transcurso tan largo de tiempo durante el cual tuvo que luchar contra Satán. El debe haber sido rechazado por su esposa, su familia, sus vecinos y parientes. El recibió el desprecio y el rechazo de su nación y del mundo entero. Pero si él se hubiera visto tentado, aunque sea una vez, a no hacer lo que Dios le había pedido, Satán lo podría haber reclamado otra vez. El superó todas las dificultades y triunfó en el cumplimiento de su responsabilidad. Dios amó a Noé. Pero eso no era todo. Cuando uno entra en el ámbito del amor de Dios, Dios lo manda de nuevo al mundo para sacrificarse; para atravesar dificultades y sufrir. Esto es para entrenarnos, por supuesto, pero también para salvar a más personas al precio de uno que quiere sacrificarse a sí mismo. Noé, que era un hombre justo, un hombre bueno tuvo que sacrificarse por las demás personas, no por él mismo.

Miremos a Abraham. Dios lo separó de su padre, el vendedor de ídolos. Tuvo que abandonar su familia, su tierra natal, su riqueza material. Dios desarrolló su Providencia para entrenarlo, para hacerlo llorar no sólo por su propia nación, por su propio pueblo, sino por otros pueblos y aún por el enemigo. Hizo esto alejándolo de la tierra de sus antepasados, enviándolo a otras naciones, a otros pueblos. Tuvo que errar como un gitano. Vivió su vida siempre con un corazón de oración y deseando que Dios salvara a la gente por su oración. Por eso Dios lo bendijo con tantos descendientes como estrellas del cielo y los granos de arena de la tierra. De la Biblia sacamos la impresión de que Dios bendijo a Abraham y lo amó incondicionalmente. Pero no es así. El tuvo que abandonar a su familia amada, a su tierra natal, sus posesiones materiales, e ir a la tierra desconocida que Dios eligiera, siempre sintiendo pena por Dios y por la gente. El rezó mucho por otras naciones. Sólo sobre ese fundamento Dios pudo usar a Abraham como el padre de la fe y bendecirlo tanto. Estas cosas no están registradas en la Biblia, pero es sólo por ese fundamento que Dios pudo bendecir a Abraham.

Jacob fue por un curso similar. El adquirió el derecho de primogenitura de su hermano mayor, Esaú. Dejó su casa y se fue a la tierra de Harán donde trabajó como esclavo para su tío Labán durante 21 años. Su tío le había prometido darle a su hija Raquel como esposa. Pero después de 7 años, Labán engaño a Jacob y le dio a su hija Lea. Si hubieran sido ustedes, habrían protestado inmediatamente. Pero Jacob guardó silencio; trabajó otros 7 años, y obtuvo a Raquel. Luego su tío Labán engañó a Jacob tratando de quitarle todas las cosas que Dios le había dado; pero aún así, Jacob no se quejó.

Aquí debemos saber que aunque Jacob estaba completamente solo en esta situación, aún así, él no pensó en otra cosa que no fuera la voluntad de Dios. Por eso, otras cosas en su vida no importaban, lo único importante era el cumplimiento de la voluntad de Dios. Por lo tanto, se alejó más y más del mundo, pero recibió más y más amor de Dios. Y después de 21 años recuperó todas las cosas benditas que había ganado y regresó a Canáan. El sabía que su hermano Esaú estaba dispuesto a matarlo. Jacob, sin embargo, sintió en su corazón que todas sus riquezas y sus logros pertenecían a su hermano mayor. Quería darle todo a Esaú, todas las cosas que él había ganado con su sudor y sangre. Rezó a Dios para que no castigara a su hermano y lo bendijera como lo había bendecido a él. Por ese corazón, Esaú se conmovió al punto de no querer matar a Jacob; y también recibió la bendición de Dios.

Lo mismo pasó con Moisés. Moisés, después de pasar 40 años en el palacio del faraón, tuvo que dejar toda la gloria y las riquezas y alejarse del mundo. Por su nación, estuvo dispuesto a sacrificar su vida.

Juan el Bautista tuvo que dirigirse al desierto. El cortó sus lazos con el pasado y derramó lágrimas por la llegada del Mesías, por Dios, por su nación y por su gente. Ese es el punto en que fue diferente a todos los profetas que vinieron antes que él. Y cuando rezaba él derramaba lágrimas de un significado diferente. Derramó lágrimas por la nación, por el Mesías que vendría y por Dios. En ese sentido él fue el más grande de los profetas. En otras palabras, los demás profetas no sirvieron como predecesores de nadie. Juan estaba preparando el camino del Mesías. Los otros no rezaron por el príncipe que vendría, pero Juan sí. Esa es la diferencia. Pero Juan rezó por el Mesías como príncipe de su propia nación, mientras que Jesús venía como príncipe del mundo entero. El punto de vista de Juan era un poco diferente al del mundo entero. El punto de vista de él difería del punto de vista de Dios. Y ese fue el comienzo del fracaso de su unión con Jesús.

El soñaba que el Mesías venía a salvar a Israel. El esperaba que Jesús respetara la Ley Mosaica, el sistema de los israelitas; pero se encontró con que Jesús no hacía eso. En realidad, parecía que Jesús estaba violando la ley. Jesús iba a salvar al mundo entero; su alcance era más grande y diferente al de Juan. No había una nación a los ojos de Jesús. Eso es lo que los hacía diferentes. Entonces Juan el Bautista se puso del lado de los israelitas que se opusieron a Jesús y causaron su muerte. Si él hubiera estado del lado de Jesús y se hubiera unido a él, se habría convertido en el primer discípulo de Jesús, y sus discípulos también se habrían convertido en seguidores de Jesús. Entonces la nación entera, que creía que Juan era el más grande de todos los profetas, podría haber seguido a Jesús.

La nación escogida no se refiere sólo a Israel, sino a todos aquéllos que se separaron del mal y vinieron al seno de Dios. Ellos son el pueblo escogido. Con esas personas como ciudadanos debía formarse la nación escogida. Jesús debía venir a esa gente elegida por Dios. Si la gente hubiera recibido a Jesús, él y la gente habrían formado una nación de fe definida, y la Providencia de salvación se podría haber extendido a toda la humanidad. Esa nación definida tenía que derramar lágrimas para sacrificarse por las demás naciones caídas y por Dios, lo mismo que Abel debería haber hecho como individuo por los demás. Pero la gente de Israel no pensó de esta manera. Pensaron que Jesús se haría el soberano de la nación y bajo su gobierno todos tendrían vidas felices y bendecidas por la abundancia tanto material como espiritualmente. Ellos deseaban todas estas cosas para ellos mismos, no para otros, y no por el mundo entero. La voluntad de Dios es enviar el Salvador al mundo entero, no a una sola nación.

Israel podría haber establecido la voluntad de Dios. Pero la gente no recibió a Jesús, por lo tanto, Jesús sólo decidió sacrificarse por la nación y por el mundo. Jesús tuvo que abandonar a su familia, vivir de una manera solitaria, y recibir el amor de Dios. Finalmente él se sacrifica a si mismo por las demás personas de la misma manera que el hermano sin pecado se habría sacrificado por la salvación del hombre y la mujer caídos. Todas las personas estaban en la posición de Adán y Eva caídos. Jesús murió por ellos; él se convirtió en el sacrificio. El no maldijo a aquéllos que lo mataron; rezó y pidió a Dios que los perdonara. Por lo tanto, Jesús se situó como el mediador entre Dios y la humanidad caída. El murió como el Adán sin pecado del mundo, y aplicó la fórmula para la salvación de la gente del mundo entero. Por lo tanto, él se hizo el Adán ejemplar. Y todos los que lo siguieron recibieron la salvación.

A partir de él se pudo establecer un nuevo mundo de salvación. Esa es la historia del cristianismo. La iglesia recorrió el mismo camino que Jesús. Siempre que el cristianismo fue a un país extraño por primera vez, los misioneros que lo llevaron tuvieron que pasar toda clase de dificultades y la mayoría de ellos fueron martirizados. Aquéllos que murieron conquistaron la posición desde la cual pudieron recibir el amor de Dios y sacrificarse por los demás. Si ellos hubieran querido maldecir a aquéllos que lo mataron, no podría haber habido una Providencia de restauración. Ellos tenían que rezar por los que lo mataban. Sin esa clase de corazón el cristianismo jamás podría haber seguido.

Las grandes personas y santos del mundo siempre se han separado del mundo caído, del mundo al que pertenecían, y han proclamado y defendido algo nuevo. Entonces, sacrificándose a sí mismos, han tratado de influenciar o salvar a toda la humanidad. Ellos siempre anhelaron a Dios. Ellos siguieron el camino que hemos descripto. Los cuatro grandes hombres sagrados de la historia fueron: Jesús, Confucio, Buda y Mahoma. Porque anhelaban a Dios y a toda la humanidad, fueron torturados y perseguidos por toda la humanidad.

A un hombre puede gustarle que sus amigos se sacrifiquen por él. Sin embargo, si sigue su propósito egoísta no habrá más amigos a su alrededor, todos se irán. Si ese hombre se niega a sí mismo y está dispuesto a hacer cosas por sus amigos y a sacrificarse a sí mismo por una causa de mayor valor, es natural que sus amigos vengan a él y traigan también a sus amigos y parientes. El grupo crecería en número, más y más. Dios mismo cooperaría con un grupo así; El estaría con ese grupo y para ese grupo.

En un sentido restringido podríamos pensar que ese hombre es un tonto al servir a otros y al hacer cosas por los demás; pero por el contrario, él se convertirá en el centro alrededor del cual se reunirá la gente. Muchas personas vendrán a seguirlo y pedirle que los salve, que los guíe y controle sus vidas. Si los dirigentes de los países fueran así, sus ciudadanos vendrían a ellos de rodillas, pidiéndoles que los conduzcan. El individuo, el grupo o el mundo basado en esa fórmula debe confiar en Dios, o todo perecerá.

Quiero enseñarles esto: Amen a Dios y amen a la gente al precio de sus vidas. Así podrán ganar su propia vida y ganar a toda la gente. Eso es lo que Dios quiere desde el fondo de su corazón, y así es como Jesús quería que fuéramos. Cuando Jesús rezó en Getsemaní: "Padre, si es posible, pase de mi esta copa. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya", su corazón era el de un hijo que ama a su Padre. En la cruz él amó aún a su enemigo y rezó por él. Nunca, en toda la historia, hubo un hombre así antes que él, y no ha habido un hombre así después de él. Ese es el signo de que amó a toda la humanidad. Eso es lo que hizo a Jesús el más grande. Si ustedes pueden hacer lo mismo, no podrán evitar hacerse amigos de Jesús, o la esposa de Jesús. Podrán tener al Padre de él como el de ustedes. Podrán tener todo lo que él tuvo.

Ahora concluyamos. Aquéllos que derraman lágrimas por sí mismos son tontos, grandes tontos. Aquéllos que derraman lágrimas por los demás son sabios, porque pueden ganar a Dios y ganar al mundo entero con todo lo que hay en él. Al hacerlo, pueden poseer el amor de Dios. Pueden tener la posición de hijos de Dios y heredar el amor paternal de Dios, el amor verdadero entre esposos y el amor de los hijos. Al tenerlos a éstos, serán las personas más ricas. Estarán en la posición de tener el amor de Dios, el ideal de Dios, propósito del hombre. Entonces, podrán abrazar al mundo entero con amor, amor verdadero.

Para hacer esto deben recordar las tres etapas de la fórmula: separarse de Satán, entrar en el amor de Dios y sacrificarse a ustedes mismos por las demás personas. Cuando estudian, no deben estudiar por su propio beneficio, sino para salvar al mundo entero para Dios. Cuando se casan, no deben olvidar que se están casando por la humanidad, por el futuro de la humanidad. Las personas con ese corazón no pueden perecer. Cuando rezan, no recen por ustedes mismos, sino por los demás. Si hacen esto, el logro será para ustedes. No recen por la Iglesia de Unificación, recen para que Dios pueda usarlos para salvar a la nación y al mundo entero, aún a costa de sus vidas.

El lugar donde las personas así se reúnen, ése es el Reino de los Cielos.

Principal Hoon Dok Hae